Incluso alguien había referido que yo opinaba que en la red tienen la misma evidencia las opiniones de un tonto y las de un premio Nobel, e inmediatamente se difundió viralmente una inútil discusión sobre si yo había recibido el premio Nobel o no.
Y en tanto el Undécimo Mandamiento no se apeaba del « Doña» , la estanquera era la señora Clo a secas: y mientras el Undécimo Mandamiento era enjuta, regañona y acre, la señora Clo, la del Estanco, era gruesa, campechana y efusiva: y mientras doña Resu, el Undécimo Mandamiento, evitaba los contactos populares y su única actividad conocida era la corresponsalía de todas las obras pías y la maledicencia, la señora Clo, la del Estanco, era buena conversadora, atendía personalmente la tienda y el almacén y se desvivía antaño por la pareja de camachuelos, y hogaño por su marido, el Virgilio, un muchacho rubio, fino e instruido, que se trajo de la ciudad y del que el Malvino, el Tabernero, decía que había colgado el sombrero.
“En un instante asaz limitado en que comenzó la refriega, me quedé muy asombrado al sentir volar por los aires la patas temblorosas, duras, de uñas largas como de Drácula en tiempos del colera y las cabezas, los miembros deshechos de cuerpos ya mutilados; en medio de la batalla me imaginé un horrendo crujir de vértebras y el estallido de órganos internos y de alarde, vísceras al aire, coágulos al vuelo; también columbré muy graves e irreparables las pérdidas irremediable de todas sus extremidades, desde el torso encumbrado en la roca al abismo; los cuellos bien retorcidos se quedarían sin su nuca, decapitados como Luis XIV, y los cerebros apabullados sin luz aplastados con su masa encefálica en la brillantina ozonósfera de la noche, contrahechos o mellados; y así aminoró sólo un poco el pijello.
Hay quien dice que no vale con preguntar para qué sirve la filosofía sino para qué sirves tú o, sino: que lo que tienes que preguntarte no es para qué sirve la filosofía sino si tú acaso sirves para la filosofía...
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