Poemas de Claudio Barrera

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Barrera, Claudio

Figura fundacional de la generación del 35, Claudio Barrera, 1912- 1971, fue poeta de indiscutible talento y lucido antólogo. En 1949 fundó en Tegucigalpa, las revistas: “Surco” y “Letras de América” de grata recordación. Óscar Castañeda Batres sostiene que: “El sentimiento solidario de Claudio por el hombre comienza por los más humildes, pero hay un dolor mayúsculo en la poesía de Claudio Barrera: El dolor de su patria”. El escritor español, Luis Mariñas Otero, afirma que: “Está poderosamente influido por Vallejo y Neruda, a los que debe el carácter político de parte de su obra”. En 1965 publicó “Poesía Completa, a la que siguió Hojas de Otoño, en 1969.

ESTAMPA

Señor: Tu conoces mi fe mejor que nadie.

Sabes como soy yo. Como te pido

la voluntad de ser como mi padre.

Como los robles de una antigua raza

que no han podido envanecer los aires.

Quiero esa tosca humanidad del barro

con que se hacía nuestra historia antes.

Quiero esa dura voz ilimitada

por la sabiduría de los años.

Cada día que pase, ser más hondo

y a pesar de la hondura ser más alto.

Amar en la mujer, ese prodigio

de la maternidad y ser sencillo,

para tejer en rústica parcela

un poema de amor para mis hijos.

Que me encuentren las tardes sobre el surco.

Las noches sobre el libro del pasado.

Con la mirada abierta hacia el futuro

y el corazón abierto entre las manos.

Ser nada más lo que soñó mi padre:

El roble antiguo de una antigua raza

que no han podido envanecer los aires.

LA TRAGEDIA

Cuando lacté las ubres de sueños infantiles

cargué el morral al hombro para abreviar los pasos,

conocí los crepúsculos rayados de fusiles

y los amaneceres pringados de balazos.

Era ingenua la loba y era infantil su parto.

Yo, un cachorro de nubes, no estaba a la medida.

Me reclamó la sangre, ya de sangre estoy harto.

Me reclamó la muerte y estoy harto de vida.

La gloria. El espejismo cubrió la lejanía.

Y una mañana de oro con mi mejor poesía

salí bajo el designio de la primera canción.

Y a pesar de la sangre que dejé en los rastrojos

y los primeros sueños que lloraron mis ojos,

voy llegando a la tierra limpio de corazón.

Zumba la cumba del Yancunú

caribe danza,

danza africana,

ritmo del viejo ritmo vudú.

Camasque cría sus negros zambos.

Zambas que danzan al son del tun.

Suda que brinca,

brinca que suda,

mientras trepidan por las rodillas

los caracoles del Yancunú.

Tun y tun y tun

van repitiendo.

Y el zambo zumba su bombo ronco

como eco recio del africano

rito pagano,

rito vudú.

África grita,

tiembla y trepita:

Tun y tun y tun…

Los negros zumban junto a sus bombos.

Danzan y sudan

zambas y zambos

entre el escándalo del Yancunú.

Oh, dios rabioso.

que tumba y zumba

tienes el alma de un misterioso

temblor pagano con su tabú.

Rito africano

que allá en Camasque

tiene el desastre

de las marinas conchas rosadas

del Yancunú.

Tun y tun y tun

van repìtiendo.

Y el mar contesta de tumbo a tumbo

la misma música de Tumbuctú

y entre la playa se ve lo negro

del rito orático del tun y tun…

Los cocos silban despavoridos

al ver la danza del Yancunú,

mientras contestan los hicacales

el ronco acento del tun… tun… tun…

Un pedazo de tierra de Claudio Barrera

Un pedazo de tierra,

es también paz y sombra y compañía.

Además de pedazo de tierra.

Es amor en la ausencia

y es la caricia grata

que da la compañera.

Además de pedazo de tierra.

Es el hijo que nace igual que las espigas

y los granos de trigo.

Es la novia, la madre y el amigo.

Además de pedazo de tierra.

Es casi el corazón latiendo a gritos

en la paz de los patios.

Es algo que jamás se nos separa,

algo que está en nosotros.

Además de pedazo de tierra.

Es canto que se pega a los labios

como un beso del viento.

Es el temblor del agua en el invierno

y el verano sediento.

Un pedazo de tierra es compañía

porque es sangre y espíritu

y nos hace vivir

con la diafanidad de la poesía.

Un pedazo de tierra

es sepulcro y es grata compañía…

La mujer vegetal de Claudio Barrera

Mujer ¡eres distinta! En ti no es la aventura,

ni la pasión absurda, ni la emoción fugaz…

El árbol de la vida se prende a tu cintura

con un convencimiento de presencia frutal.

Enraizada en tus sueños juega la clorofila

y ruedan las corolas en tu voz de cristal.

En las ramas del tiempo deshojas tus pupilas

y el otoño en tus manos empieza a amarillear.

Parada sobre el surco de una espera latente

tu ramazón de sueños presiente el vendaval.

El mar de los deseos golpea suavemente

con sus olas ilímites tu posición solar.

Enraizada en la muerte —casi desvanecida—

te sorprende el crepúsculo, muchacha singular.

No es de tierra y paisajes tu soledad herida

sino de una infinita tristeza vegetal.

En la higuera silvestre, en la presencia ruda

de la albahaca y acaso por la flor matinal,

te amaré más que nunca tropical y desnuda

y te urdiré en mis brazos con devoción juncal.

Toda la selva humana tendrá un prestigio nuevo.

Árboles carcomidos no te podrán rozar.

Y estarás frente al hombre —divinizadamente—

con sólo tu presencia de rosa vertical.


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