De la novela: Las Ratas de MIguel Delibes.
Por San Dámaso, la señora Clo, la del Estanco, mandó razón al Nini y le condujo hasta la pocilga:
—Tienta, hijo; y a está metido en arrobas, creo y o. El niño midió el marrano:
—Tiene una cuarta de lomo —dijo.
Pero llovía y nada se podía hacer. Para San Nicasio escampó, mas el Nini oteó el cielo y dijo:
—Deje, señora Clo, todavía hay blandura. Hemos de aguardar a que el cielo arrase.
Desde que tuvo uso de razón, el Nini siempre oy ó decir que la señora Clo, la del Estanco, era la tercera rica del pueblo. Delante estaban don Antero, el Poderoso, y doña Resu, el Undécimo Mandamiento. Don Antero, el Poderoso, poseía las tres cuartas partes del término; doña Resu y la señora Clo sumaban, entre las dos, las tres cuartas partes de la cuarta parte restante y la última cuarta parte se la distribuían, mitad por mitad, el Pruden y los treinta vecinos del lugar. Esto no impedía a don Antero, el Poderoso, manifestar frívolamente en su tertulia de la ciudad que « por lo que hacía a su pueblo, la tierra andaba muy repartida» . Y tal vez porque lo creía así, don Antero, el Poderoso, no se andaba con remilgos a la hora de defender lo suy o y el año anterior le puso pleito al Justito, el Alcalde, por no trancar el palomar en la época de sementera. Bien mirado, no pasaba año sin que don Antero, el Poderoso, armara en el pueblo dos o tres trifulcas, y no por mala fe, al decir del señor Rosalino, el Encargado, sino porque los inviernos en la ciudad eran largos y aburridos y en algo había de entretenerse el amo. De todos modos, por Nuestra Señora de las Viñas, la fiesta del pueblo, don Antero alquilaba una vaca de desecho para que los mozos la corriesen y apalearan a su capricho, y de este modo se desfogasen de los odios y rencores acumulados en sus pechos en los doce meses precedentes.
Tres años atrás, con motivo de esta circunstancia, el Nini estuvo a punto de
complicar las cosas. Y a buen seguro, algo gordo hubiera ocurrido sin la intervención de don Antero, el Poderoso, que aspiraba a hacer del niño un peón ejemplar. El caso es que el Nini, compadecido de los desgarrados mugidos de la vaca en la alta noche, se llegó a las traseras de don Antero, el Poderoso, y le dio suelta. En definitiva de bien poco sirvió su gesto, y a que cuando el animal tornó al
redil, tras una accidentada captura en el descampado, llevaba un cuerno tronzado, el testuz sangrante y el lomo literalmente cubierto de mataduras. Pero aún pudo embrollarse más el asunto, cuando Matías Celemín, el Furtivo, apuntó aviesamente: « Esto es cosa del bergante del Nini» . Menos mal que don Antero conocía y a sus habilidades y su ciencia infusa y le dijo al señor Rosalino, el Encargado: « ¿No es el Nini el hijo del Ratero, el de la cueva, ese que sabe de todo y a todo hace?» . « Ese, amo» —dijo el señor Rosalino. « Pues déjale trastear y el día que cumpla los catorce le arrimas por casa» .
Durante el invierno, helaba de firme y don Antero, el Poderoso, asomaba
poco por el pueblo. Tampoco la señora Clo ni el Undécimo Mandamiento asomaban por sus tierras en invierno ni en verano, y a que las tenían dadas en arriendo. Pero mientras doña Resu cobraba sus rentas puntualmente en billetes de banco, lloviera o no lloviera, helara o apedreara, la señora Clo, la del Estanco, cobraba en trigo, en avena o en cebada si las cosas rodaban bien y en buenas palabras si las cosas rodaban mal o no rodaban. Y en tanto el Undécimo Mandamiento no se apeaba del « Doña» , la estanquera era la señora Clo a secas: y mientras el Undécimo Mandamiento era enjuta, regañona y acre, la señora Clo, la del Estanco, era gruesa, campechana y efusiva: y mientras doña Resu, el Undécimo Mandamiento, evitaba los contactos populares y su única actividad conocida era la corresponsalía de todas las obras pías y la maledicencia, la señora Clo, la del Estanco, era buena conversadora, atendía personalmente la tienda y el almacén y se desvivía antaño por la pareja de camachuelos, y hogaño por su marido, el Virgilio, un muchacho rubio, fino e instruido, que se trajo de la ciudad y del que el Malvino, el Tabernero, decía que había colgado el sombrero.
El Nini, el chiquillo, tuvo una intervención directa en el asunto de los
camachuelos. Los pájaros se los envió a la señora Clo, todavía pollos, su cuñada, la de Mieres, casada con un empleado de Telégrafos. Ella los encerró en una hermosa jaula dorada, con los comederos pintados de azul, y les alimentaba con cañamones y mijo, y por la noche introducía en la jaula un ladrillo caliente forrado de algodones para que los animalitos no echasen en falta el calor materno. Ya adultos, la señora Clo sujetaba entre los barrotes de la jaula una hoja de lechuga y una piedrecita de toba, aquella para aligerarles el vientre y esta para que se afilasen el pico. La señora Clo, en su soledad, charlaba amistosamente con los pájaros y, si se terciaba, los reprendía amorosamente. Los camachuelos llegaron a considerarla una verdadera madre y cada vez que se aproximaba a la jaula el macho ahuecaba el plumón asalmonado de la pechuga como si se dispusiera a abrazarla. Y ella decía melifluamente: « ¿A ver quién es el primero que me da un besito?» . Y los pájaros se alborotaban, peleándose por ser los primeros en rozar su corto pico con los gruesos labios de la dueña. Aún advertía la señora Clo si regañaban entre sí: « Mimos, no, ¿oís? Mimos, no» .
Para San Félix de Cantalicio haría cuatro años, el Nini regaló a la señora Clo un nido vacío de pardillos, advirtiéndola que los camachuelos procreaban en cautividad y la mujer experimentó un júbilo tan intenso como si le anunciara que iba a ser abuela. Y, en efecto, una mañana al despertar, la señora Clo observó estupefacta que la hembra y acía sobre el nido y cuando ella se aproximó a la jaula no acudió a darle el beso acostumbrado.
El animalito no cambió de postura mientras duró la incubación y al cabo de unos días aparecieron en el nido cinco pollitos sonrosados y la señora Clo, enternecida, se precipitó a la calle y comenzó a pregonar la novedad a los cuatro vientos. Mas fue la suy a una ilusión efímera, pues a las pocas horas morían dos de las crías y las otras tres comenzaron a abrir y cerrar el pico con tales apremios que se diría que les faltaba aire que respirar. La señora Clo envió razón al Nini y, aunque el niño, en las horas que siguieron, vigiló atentamente a los pájaros y se esforzó por hacerles ingerir bay as silvestres y semillas de todas clases, de madrugada murieron los otros tres pequeños camachuelos y la señora Clo, inconsolable, marchó a la ciudad, donde su hermana, para tratar de olvidar. Doce días más tarde regresó, y el Nini, que estaba junto a la Sabina, que había quedado al encargo de la tienda, observó que los ojos de la señora Clo resplandecían como los de una colegiala. Le dijo a la Sabina con torpe premura:
« Para San Amancio estás de boda, Sabina; él se llama Virgilio Morante y es rubio y tiene los ojos azules como un dije» .
Y cuando el Virgilio Morante llegó al pueblo, tan joven, tan crudo, tan poca cosa, los labriegos le miraron con desdén y el Malvino empezó a decir en la taberna que el muchachito era un espabilado que había colgado el sombrero. Pero de que el Virgilio se tomó dos vasos y se arrancó por « Los Campanilleros» e hizo llorar al tío Rufo, el Centenario, de sentimiento, cundió entre todos la admiración y un lejano respeto, y así que le echaban la vista encima le decían:
—Anda, Virgilín, majo, tócate un poco.
Y él les complacía o, si acaso, argumentaba:
—Hoy no, disculpadme. Estoy afónico.
Y durante la matanza, las conversaciones en casa de la señora Clo dejaron de tener sentido.
La gente acudía allí solo por el gusto de oír cantar a Virgilín Morante. Y hasta el Nini, el chiquillo, que desde el fallecimiento de la abuela Iluminada ejercía de matarife, se sentía un poco disminuido.
Por San Albino el cielo arrasó y el Nini bajó al pueblo y paseó el cerdo de la señora Clo durante una hora y le dictaminó una dieta de agua y salvado. Dos días más tarde cay ó sobre el pueblo una dura helada. Por entonces los escribanos y los estorninos y a habían mudado la pluma, luego era el invierno y los terrones rebrillaban de escarcha y se tornaron duros como el granito y el río bajaba helado, y cada mañana el pueblo se desperezaba bajo una atmósfera de cristal,
donde hasta el más leve ruido restallaba como un latigazo.
Al llegar el Ratero y el Nini con el alba, donde la señora Clo, reinaba en la casa un barullo como de fiesta. De la ciudad habían bajado los sobrinos y también estaban allí la Sabina y el Pruden y su chico, el Mamertito, y la señora Librada, y Justito, el Alcalde, y el José Luis, el Alguacil, y el Rosalino, el Encargado, y el Malvino, y el Mamés, el Mudo, y el Antoliano y el señor Rufo, el Centenario, con su hija la Simeona, y al entrar ellos, el Virgilio se había arrancado con mucho sentimiento y todos escuchaban boquiabiertos y al concluir le ovacionaron y el Virgilio, para disimular su azoramiento, distribuy ó entre la concurrencia unos muerdos de pan tostado y unas copas de aguardiente. La lumbre chisporroteaba al fondo y sobre la mesa y los vasares la señora Clo había dispuesto, ordenadamente, la cebolla, el pan migado, el arroz y el azúcar para las morcillas. Al pie del fogón, donde se alineaban por tamaños los cuchillos, había un barreñón, tres herradas y una caldera de cobre brillante para derretir la manteca.
En el corral, los hombres se despojaron de las chaquetas de pana y se arremangaron las camisas a pesar de la escarcha y de que el aliento se congelaba en el aire. El Centenario, en el centro del grupo, arrastraba pesadamente los pies y se frotaba una mano con otra mientras salmodiaba: « En martes ni tu hijo cases ni tu cerdo mates» . La señora Clo se volvió irritada al oírle: « Déjate de monsergas. Y si no te gusta, te largas» . Luego se fue derecha a su marido, que se había arremangado como los demás y mostraba unos bracitos blancos y sin vello, y le dijo: « Tú no, Virgilio. Podrías enfriarte» .
El Antoliano abrió la cochiquera y tan pronto el marrano asomó la cabeza le prendió por una oreja con su mano de hierro y le obligó a tumbarse de costado, ay udado por el Malvino, el Pruden y el José Luis. Los chiquillos, al ver derribado el cochino que bramaba como un condenado y a cada berrido se le formaba en torno al hocico una nube de vapor, se envalentonaron y comenzaron a tirarle del rabo y a propinarle puntapiés en la barriga. Luego, entre seis hombres, tendieron al animal en el banco y el Nini le auscultó, trazó una cruz con un pedazo de y eso en el corazón y cuando el tío Ratero acuchilló con la misma firmeza con que clavaba la pincha en el cauce, el niño volvió la espalda y fue contando, uno a uno, los gruñidos hasta tres. De pronto, el Pruden voceó:
—¡Ya palmó!
El Nini, entonces, dio media vuelta, se aproximó al cerdo y, con dedos expeditos, introdujo una hoja de berza en el ojal sanguinolento para reprimir la hemorragia y, finalmente, abrió la boca del animal y le puso una piedra dentro.
Los hombres hacían corro en derredor de él y las mujeres cuchicheaban más atrás. Se oy ó apagadamente la voz de la Sabina:
—¡Qué condenado crío! Cada vez que lo veo así me recuerda a Jesús entre los doctores.
El Nini procuraba ahuy entar el recuerdo de la abuela Iluminada para no cometer errores. Diestramente forró el cadáver del animal con paja de centeno y la prendió fuego; tomó una brazada ardiendo y fue quemando meticulosamente las oquedades de los sobacos, las pezuñas y las orejas. Se alzó un desagradable olor a chamusquina y, al concluir, el Mamertito, el chico del Pruden, y los sobrinos de la señora Clo descalzaron al bicho y comieron las chitas.
Había llegado el momento de la prueba, no porque el sajar al cerdo fuera tarea difícil, sino porque en esta coy untura la referencia a la abuela Iluminada era inevitable. Al Nini le tembló ligeramente la mano que empuñaba el cuchillo cuando el Malvino voceó a su espalda:
—¡Ojo, Nini, tu abuela en este trance nunca hizo mierda!
El niño trazó mentalmente una línea equidistante de las mamas y tiró la bisectriz de la papada al ano sin vacilar. Luego, al dividir delicadamente la telilla intestinal de un solo tajo, le rodeó un murmullo de admiración. El hedor de los intestinos era fuerte y nauseabundo y él los volcó en herradas distintas y, para terminar, introdujo en la abertura dos estacas haciendo cuña. Al cabo, el Antoliano y el Malvino le ay udaron a colgar el marrano boca abajo. Del hocico escurría un hilillo de sangre fluida que iba formando un pequeño charco rojizo sobre las lajas escarchadas del corral.
La señora Clo se aproximó al Nini, que se lavaba las manos en una herrada, y le dijo cálidamente:
—Trabajas más aprisa y más por lo fino que tu abuela, hijo. El Nini se secó en los pantalones. Preguntó:
—¿Habrá que bajar al descuartizado, señora Clo? Ella tomó una herrada de cada mano:
—Deja, para eso y a me apaño —dijo.
Se dirigió hacia la casa donde acababan de entrar los hombres y, desde la puerta voceó, ladeando un poco la cabeza:
—Pasa a comer un cacho con los hombres, Nini.
En la cocina los invitados hablaban y reían sin fundamento, excepto el tío Ratero que miraba a unos y otros estúpidamente, sin comprenderlos. Las narices y las orejas eran de un rojo bermellón, pero ello no impedía que los hombres se pasaran la bota y la bandeja sin descanso. De súbito, el Pruden, sin venir a qué, o tal vez porque por San Dámaso había llovido y ahora lucía el sol, soltó una risotada y después se dirigió al Nini en un empeño obstinado por comunicarle su euforia:
—¿Es que no sabes reír, Nini? —dijo.
—Sí sé.
—Entonces, ¿por qué no ríes? Échate una carcajada, leche. El niño le miraba fija, serenamente:
—¿A santo de qué? —dijo.
El Pruden tornó a reír, esta vez forzadamente. Luego miró a uno y otro, como esperando apoy o, mas como todos rehuy eran su mirada, bajó los ojos y añadió oscuramente:
—¡Qué sé y o a santo de qué! Nadie necesita un motivo para reír, creo y o.
Pero el Nini reía a menudo aunque nunca lo hiciera a tontas y a locas como los hombres en las matanzas, o como cuando se emborrachaban en la taberna del Malvino, o como cuando veían caer el agua del cielo después de esperarla ansiosamente durante meses enteros. Tampoco reía como Matías Celemín, el Furtivo, cada vez que se dirigía a él, frunciendo en mil pliegues su piel curtida como la de un elefante y mostrando amenazadoramente sus dientes carniceros.
El Nini no experimentaba por el Furtivo la menor simpatía. El niño aborrecía la muerte, en particular la muerte airada y alevosa, y el Furtivo se jactaba de ser un campeón en este aspecto. En puridad, a Matías Celemín le empujaron las circunstancias. Y si tuvo alguna vez instintos carniceros, los ocultó celosamente hasta después de la guerra. Pero la guerra truncó muchas vocaciones y acorchó muchas sensibilidades y determinó muchos destinos, entre otros el de Matías Celemín, el Furtivo.
Antes de la guerra, Matías Celemín salía a las licitaciones de los pueblos próximos y remataba tranquilamente por un pinar albar cuatro o cinco mil reales. El Furtivo prejuzgaba que no se cogería los dedos porque él sabía barajar en su cabeza hasta cinco mil reales y sumar y restar de ellos la cuenta de los apaleadores y, en definitiva, si sacaría o no de su inversión algún provecho. Pero llegó la guerra y la gente empezó a contar por pesetas y en las licitaciones se pujaba por veinte y hasta por treinta mil y a esas cifras él no alcanzaba porque además había de multiplicarlas por cuatro para reducirlas a reales, que era la unidad que manejaba; en las subastas se le llenaba la cabeza como de humo y no osaba salir. Empezó a amilanarse y a encogerse. No bastaba que le dijeran:
« Matías, la vida está diez veces» . El Furtivo, pasando de los cinco mil reales, era un ser inútil, y fue entonces cuando se dijo: « Matías, por una perdiz te dan cien reales limpios de polvo y paja y cuatrocientos por un raposo, y no digamos nada por un tejo» . Y, de repente, se sintió capaz de pensar tan derecha o tan torcidamente como los raposos y los tejos, y aun de jugársela. Y se sintió capaz, asimismo, de calcular el precio de un cartucho fabricando la pólvora en casa con clorato y azúcar y cargándole con cabezas de clavos. Y a partir de aquel día se le empezó a adiar la mirada y a curtírsele la piel, y en el pueblo, cuando alguien le mentaba, decían: « Huy, ese» . Y doña Resu, el Undécimo Mandamiento, era aún más contundente y decía que era un vago y un maleante, un perdido como los de
las cuevas y como los extremeños.
Matías Celemín, el Furtivo, solía velar de noche y dormir de día. La aurora le sorprendía generalmente en el páramo, en la línea del monte, y para esa hora y a tenía colocados media docena de lazos para las liebres que regresaban del campo, un cepo para el raposo y un puñado de lanchas y alares en los pasos de la perdiz. A veces aprovechaba el carro de la Simeona o el Fordson del Poderoso, para arrimarse a un bando de avutardas y cobrar un par de piezas de postín. El Furtivo no respetaba ley es ni reglamentos y en primavera y verano salía al campo con la escopeta al hombro como si tal cosa y si acaso tropezaba con Frutos, el Jurado, le decía: « Voy a alimañas, Frutos, y a lo sabes» . Y Frutos, el Jurado, se limitaba a decir: « Ya, y a» , y le guiñaba un ojo. Para Frutos, el Jurado, la intemperie era insana porque el sol se come la salud de los hombres lo mismo que los colores de los vestidos de las muchachas y, por esta razón, se pasaba las horas muertas donde el Malvino jugando al dominó.
Con frecuencia, la astucia del Furtivo era insuficiente y, entonces, recurría al Nini:
—Nini, bergante, dime dónde anda el tejo. Un duro te doy si aciertas. O bien:
—Nini, bergante, llevo una semana tras el raposo y no le pongo la vista encima. ¿Le viste tú?
El niño se encogía de hombros sin rechistar. El Furtivo, entonces, le zarandeaba brutalmente y le decía:
—¡Demonio de crío! ¿Es qué nadie te ha enseñado a reír?
Pero el Nini sí sabía reír, aunque solía hacerlo a solas y tenuemente y, por descontado, a impulso de algún razonable motivo. Llegada la época del apareamiento, el niño subía frecuentemente al monte de noche, y, al amanecer, cuando los trigos verdes recién escardados se peinaban con la primera brisa, imitaba el áspero chillido de las liebres y los animales del campo acudían a su llamada, mientras el Furtivo, del otro lado de la vaguada, renegaba de su espera inútil. El Nini reía arteramente y volvía a reír para sus adentros cuando, de regreso, se hacía el encontradizo con el Furtivo y Matías le decía malhumorado:
—¿De dónde vienes, bergante?
—De coger níscalos. ¿Hiciste algo?
—Nada. Una condenada liebre no hacía más que llamar desde la vaguada y se llevó el campo. Repentinamente el Furtivo se volvía a él, receloso: —No sabrás tú por casualidad hacer la chilla, ¿verdad, Nini?
—No. ¿Por qué?
—Por nada.
En otras ocasiones, si el Furtivo salía con la Mita, la galga, el Nini se ocultaba, camino del perdedero, y cuando la perra llegaba jadeante, tras de la liebre, él, desde su escondrijo, la amedrentaba con una vara y la Mita, que era cobarde,
como todos los galgos, abandonaba su presa y reculaba. El Nini, el chiquillo, también reía silenciosamente entonces.
En todo caso, el Nini sabía reír sin necesidad de jugársela al Furtivo. Durante las lunas de primavera, el niño gustaba de salir al campo y agazapado en las junqueras de la ribera veía al raposo descender al prado a purgarse aprovechando el plenilunio que inundaba la cuenca de una irreal, fosforescente claridad lechosa. El zorro se comportaba espontáneamente, sin recelar su presencia. Pastaba cansinamente la rala hierba de la ribera y, de vez en cuando, erguía la hermosa cabeza y escuchaba atentamente durante un rato. Con frecuencia, el destello de la luna hacía relampaguear con un brillo verde claro sus rasgados ojos y, en esos casos, el animal parecía una sobrenatural aparición. Una vez el Nini abandonó gritando su escondrijo cuando el zorro, aculado en el prado, se rascaba confiadamente y el animal, al verse sorprendido, dio un brinco gigantesco y huy ó, espolvoreando con el rabo su orina pestilente. El niño reía a carcajadas mientras le perseguía a través de las junqueras y los sembrados.
Otras noches el Nini, oculto tras una mata de encina, en algún claro del monte, observaba a los conejos, rebozados de luna, corretear entre la maleza levantando sus rabitos blancos. De vez en cuando asomaba el turón o la comadreja y entonces se producía una frenética desbandada. En la época de celo, los machos de las liebres se peleaban sañudamente ante sus ojos, mientras la hembra aguardaba al vencedor, tranquilamente aculada en un extremo del claro. Y una vez concluida la pelea, cuando el macho triunfante se encaminaba hacia ella, el Nini remedaba la chilla y el animal se revolvía, las manos levantadas, en espera de un nuevo adversario. Había noches, a comienzos de primavera, en que se reunían en el claro hasta media docena de machos, y entonces la pelea adquiría caracteres épicos. Una vez presenció el niño cómo un macho arrancaba de cuajo la oreja a otro de un mordisco feroz y el agudo llanto del animal herido ponía en el monte silencioso, bajo la luz plateada de la luna, una nota patética.
Para San Higinio, Matías Celemín, el Furtivo, cobró un hermoso ejemplar de zorro. Por esas fechas habían terminado las matanzas y transcurrido las Pascuas, pero el clima seguía áspero y por las mañanas las tierras amanecían blancas como después de una nevada. Aparte mover el estiércol y desmatar los sembrados, nadie tenía entonces nada que hacer en el campo excepto el Furtivo. Y este, según descendía del páramo, aquella mañana, se desvió ligeramente solo por el gusto de pasar junto a la cueva y mostrar al niño su presa:
—¡Nini! —voceó—. ¡Nini! ¡Mira lo que te traigo, bergante!
Era una hermosa raposa de piel rojiza con un insólito lunar blanco en la paletilla derecha. El Furtivo la apretó una mama y brotó un chorrito de un líquido consistente y blanquecino. Levantó luego el animal en alto para que el niño la contemplara a su capricho.
—Hembra y criando —dijo—. ¡Una fortuna! Si el Justito no se rasca el bolso en forma, me largo con ella a la ciudad, y a ves.
Las pulgas abandonaban el cuerpo muerto y buscaban el calor de la mano del Furtivo. El Nini persiguió al hombre con la mirada, le vio atravesar el puentecillo de tablas, con la raposa muerta en la mano, y perderse dando voces tras el pajero del pueblo.
A la noche, tan pronto sintió dormir al tío Ratero, se levantó y tomó la trocha del monte. La Fa brincaba a su lado y, bajo el desmay ado gajo de luna, la escarcha espejeaba en los linderones. La madriguera se abría en la cara norte de la vaguada y el niño se apostó tras una encina, la perra dócilmente enroscada bajo sus piernas. La escarcha le mordía, con minúsculas dentelladas, las y emas de los dedos y las orejas, y los engañapastores aleteaban blandamente por encima de él, muy cerca de su cabeza.
Al poco rato sintió gañir; era un quejido agudo como el de un conejo, pero más prolongado y lastimero. El Nini tragó media lengua y remedó el chillido repetidamente, con gran propiedad. Así se comunicaron hasta tres veces. Al cabo, a la indecisa luz de la luna, se recortó en la boca de la madriguera el rechoncho contorno de un zorrito de dos semanas, andando patosamente como si el airoso plumero del rabo entorpeciese sus movimientos.
En pocos días el zorrito se hizo a vivir con ellos. Las primeras noches lloraba y la Fa le gruñía con una mezcla de rivalidad atávica y celos domésticos, pero terminaron por hacerse buenos amigos. Dormían juntos en el regazo del niño, sobre las pajas, y a la mañana se peleaban amistosamente en la pequeña meseta de tomillos que daba acceso a la cueva. Pronto se corrió la noticia por el pueblo y la gente subía a ver el zorrito, mas, ante los extraños, el animal recobraba su instinto selvático y se recluía en el rincón más oscuro del antro, y miraba de través y mostraba los colmillos.
Decía Matías Celemín, el Furtivo:
—¡Qué negocio, Nini, bergante! A este me lo zampo y o.
A las dos semanas el zorrito y a comía en la mano del niño, y cuando este regresaba de cazar ratas el animal le recibía lamiéndole las sucias piernas y agitando efusivamente el rabo. Por la noche, mientras el tío Ratero guisaba una patata con una raspa de bacalao, el niño, el perro y el zorro jugaban a la luz del carburo, hechos un ovillo, y el Nini, en esos casos, reía sin rebozo. Por las mañanas, a pesar de que el zorrito se hizo a comer de todo, el Nini le traía una picaza para agasajarle y al verle desplumar el ave con su afilado y húmedo hocico, el niño sonreía complacidamente.
La Simeona le decía a doña Resu, el Undécimo Mandamiento, a la puerta de la iglesia, comentando el suceso de la cueva:
—Es la primera vez que veo a un raposo hacerse a vivir como los hombres. Pero doña Resu se encrespaba:
—Querrás decir que es la primera vez que ves a un hombre y un niño hacerse a vivir como raposos.
El Nini temía que, al crecer, el zorrito sintiera la llamada del campo y le abandonase, aunque de momento el animal apenas se separaba de la cueva, y el niño, cada vez que salía, le hacía una serie de recomendaciones y el zorrito le miraba inteligentemente con sus rasgadas pupilas, como si le comprendiese.
Una mañana, el chiquillo oy ó una detonación mientras cazaba en el cauce. Enloquecido, echó a correr hacia la cueva y antes de llegar divisó al Furtivo que descendía a largas zancadas por la cárcava con una mano oculta en la espalda y riendo a carcajadas:
—Ja, ja, ja, Nini, bergante, ¿a que no sabes qué te traigo hoy ? ¿A que no?
El niño miraba espantado la mano que poco a poco se iba descubriendo y, finalmente, Matías Celemín le mostró el cadáver del zorrito todavía caliente. El Nini no pestañeó, pero cuando el Furtivo se lanzó a correr cárcava abajo, se agachó en los cascajos y comenzó a cantearle furiosamente. El Furtivo brincaba, haciendo eses, como un animal herido, sin cesar de reír agitando en el aire, como un trofeo, el cadáver del zorrito. Y cuando se refugió, al fin, tras el pajero del pueblo, aún se lo mostró una vez más, lamentablemente desmay ado, sobre los tubos de la escopeta.
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