LA TINTA DEL OLVIDO DE ROBERTO CASTILLO

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Roberto Castillo

Roberto Nació en 1950. Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica. Formó parte del consejo de redacción de la revista “Alcaraván” y co-dirigió la revista “Imaginaria”. Es miembro fundador de la Editorial Guaymuras. En 1986, con el cuento “La Laguna”, obtuvo el Premio Plural de Narrativa, en México. En 1986, obtuvo el segundo lugar en el concurso auspiciado por el Ateneo Cultural de Buenos Aires, Argentina, con el cuento “El hombre que se comieron los papeles”. En 1985, la revista norteamericana “Chasqui” publicó una traducción al inglés de su novela corta “El Corneta”, bajo el título de “Tivo, the Bugler”. En 1991 se le concedió el Premio Nacional de Literatura.

Obra publicada: CUENTO: Subida al Cielo y Otros Cuentos (1980), Figuras de Agradable Demencia (1985), Traficantes de Ángeles, Editorial de la Universidad de Costa Rica (1996). NOVELA: El Corneta (1981), La Guerra Mortal de los Sentidos (2002). FILOSOFIA: Filosofía y Pensamiento Hondureño (1992). Castro, hijo. Alejandro Narrador y periodista. Nació en Tegucigalpa el 5 de mayo de 1914 y falleció en 1995. Perteneció a la generación literaria de 1935. Fue Jefe de Redacción y posteriormente Sub-director del diario “El Cronista” de Tegucigalpa; Director de la revista “Tegucigalpa”, del semanario “La Nación”, del diario “Prensa Libre” y del “Diario Nacional”.

Fue Presidente del Consejo de Redacción de diario “El Heraldo”. Fue Jefe de Relaciones Públicas del Gobierno de Honduras. Con el periodista Enrique Gómez fundó la agencia noticiosa Información y Publicidad (IP) y con el periodista Virgilio Zelaya Rubí el noticiero “Radio Tiempo”. La Asociación de Prensa Hondureña, de la cual fue socio fundador, le concedió el Premio “Paulino Valladares”. El Colegio de Periodistas de Honduras le otorgó el Premio “Alvaro Contreras” en 1983. Se le concedió el Premio Nacional de Literatura en 1995. Obra publicada: CUENTO: El Ángel de la Balanza, Tegucigalpa (1956). En 1995, la Editorial Iberoamericana que dirige Oscar Acosta y la Editorial Guaymuras, publicaron sus cuentos completos.



LA TINTA DEL OLVIDO

“Quisimos preservar la memoria y no logramos más que aniquilarla”, repetía todo el tiempo mi padre. Para él nada tuvo en el mundo tanto poder de sugestión como aquella misteriosa sustancia, volátil y nerviosa, que fue conocida como la tinta del olvido. Se jactaba de haber escrito con ella y se lamentaba de haber sido uno de sus fanáticos; pasó los últimos años de su vida trazando garabatos con la inefable pluma de ganso, que remojaba una y otra vez en esencias vegetales preparadas por él mismo con la corteza de los árboles del patio.

Mi padre nació el mismo día que terminaron la construcción de Eniac, un monstruo de máquina de treinta toneladas de peso y que trajo al mundo la tinta del olvido. Los primeros que se dedicaron al manejo de estos artilugios, alquimistas de la memoria en un tiempo devorador de sí mismo, fueron tenidos por seres raros y vistos con desconfianza, pues pertenecían a un grupo de gente que operaba realidades apartadas de todo lo demás. La tinta del olvido tuvo al comienzo usos militares, científicos, de tecnología secreta, financieros y políticos; no fue sino hasta treinta o treinta y cinco años después del advenimiento de Eniac que surgió como medio al alcance de todo el mundo, fenómeno que se vio acompañado de un boom comercial como nunca se había dado en la historia. Aquella época presumía de haber dotado a cada individuo de una fuente virtualmente inagotable de la famosa sustancia. Las empresas dedicadas a esta línea obtuvieron pingües ganancias en todo el planeta; y el furor que despertaban crecía y crecía, sin que se supiera dónde ni cuándo podría detenerse.











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